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Published by Dante Gebel
Conferencista, influencer, actor y conductor de televisión.
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No podemos vivir carentes de propósito. Si no ponemos en práctica la misión que Dios nos ha asignado, viviremos en lo que se conoce como una «asignación fantasma»: enfrascados en actividades ociosas y triviales para las que no fuimos creados. Nuestros dones, nuestro temperamento, nuestras experiencias, nuestras relaciones, nuestra mente y nuestra educación; todo ello contribuye a determinar cuál es nuestra verdadera asignación. Y para conocerla, el primer paso es descartar todo aquello que pueda amarrarnos a una asignación ficticia que consume nuestro tiempo, dinero y energía, y así poder poner nuestras virtudes y talentos al servicio de algo más grande que nosotros mismos.
La mayoría de nosotros nos consideramos honestos, pero ¿somos íntegros? La integridad se demuestra en lo que hacemos, lo que pensamos y lo que somos, incluso cuando nadie nos está viendo. Ser íntegro es mucho más que evitar quebrantar las reglas; es convertirnos en el tipo de persona que hace lo correcto aun cuando nadie nos obliga a hacerlo. Tenemos que decidir si queremos vivir respetando las reglas del juego de la vida o si haremos trampa cuando las circunstancias nos lo permitan. No podemos tener éxito en lo que hacemos y fracasar en lo que somos como cristianos, porque eso sería traicionar nuestros valores y nuestra esencia.
Si esperamos a que los días se vuelvan más fáciles para dedicarnos a lo que de verdad importa, se nos irá la vida esperando. Ahora, más que nunca, debemos ser intencionales en apartarnos del contacto humano, del ruido y del ajetreo de la vida, para crear un espacio donde podamos estar a solas con Dios. El propio Jesús, en medio de una vida intensa, apartaba tiempo con regularidad, para estar a solas con su Padre. Todos somos responsables de nuestra propia vida. Tenemos que vivir intencionalmente para no vivir muriendo, sino morir viviendo.
«Pero», es una palabra que muchas veces usamos para justificar nuestra inacción ante los retos de la vida. Sin embargo, por definición, el designio de Dios siempre estará más allá de nuestra capacidad y nuestros recursos. El «Pero Dios» significa que nuestra incompetencia no tiene la última palabra acerca de lo que podemos ser, o hacer. El Señor con frecuencia elige a los necios, a los débiles, a los humildes, a los mansos, a los tímidos, y a los que no son muy refinados. Dejemos entonces de vivir en Icabod, limitados por nuestras propias capacidades y aprendamos a descansar en la fuerza de Su Amor y Su Poder.
Algunos cristianos piensan, erróneamente, que la fe y la duda son excluyentes. La realidad es que, mientras tengamos fe, también tendremos dudas. La duda puede ser una oportunidad para ejercitar nuestra fe; nos impulsa a buscar la verdad y a no conformarnos con el “dios que nos vendieron o nos heredaron”, ni con la imagen del “dios que nos imaginamos”. A veces, nos vendría bien un poco de modesta incertidumbre, aunque eso sea mal visto en nuestro ámbito religioso.
En una era donde el odio se ha naturalizado y nos hemos anestesiado frente al egoísmo, necesitamos aprender a perdonar a quienes nos han ofendido y, sobre todo, a pedir perdón a quienes hemos ofendido. Debemos enmendar nuestros errores y restituir a quienes hemos hecho daño, tal como lo hizo Zaqueo. Dejemos de preocuparnos por las casas de los demás y comencemos a limpiar “nuestro lado de la calle”, porque no se puede tener una relación de amor con Jesús y, al mismo tiempo, seguir hiriendo a quienes nos rodean.
Históricamente, los cristianos hemos dividido el pecado en «pecados de la carne» y «pecados del espíritu». Los primeros son evidentes: lujuria, codicia, gula, adulterio y pereza entre otros. Pero los más peligrosos -porque se esconden en nosotros- suelen ser los espirituales: orgullo, arrogancia, celos, envidia y espíritu crítico. Es por esa ceguera que con frecuencia nos unimos al culto de los lapidarios, juzgando y arrojando piedras al caído. Pero no olvidemos que Dios nos llama a aborrecer el mal, no a condenar al que falla. ¡Es tiempo de soltar las piedras!
Muchos creemos que entregar nuestra voluntad a Dios nos hace perder integridad, y por eso intentamos controlarlo todo en nuestra vida. Pero la entrega total trae libertad: cuanto más dependemos de Dios para tener paz, menos lo hacemos de nuestras circunstancias. No podemos dirigir nuestro propio “show”, ni tampoco vivir pasivamente “esperando Su voluntad”. La verdadera entrega renuncia al ego, no a la iniciativa. Lejos de frenar la acción, nos da una base firme y alinea nuestra determinación con lo que a Dios le importa, no con nuestros deseos.
Justo cuando estamos en el fondo más oscuro es, por lo general, cuando nos damos cuenta de que podemos ser totalmente vulnerables con Dios y admitir sin excusas nuestras faltas ante Él. Es en ese momento, cuando reconocemos nuestros estigmas, que comenzamos a sanar. Recordemos que la verdadera vida espiritual implica un compromiso con la vida real; no podemos vivir ocultando nuestras áreas vulnerables ni fingiendo algo que no somos. ¿Y si aquello que más vergüenza o dolor nos produce -nuestros estigmas más profundos- fuera precisamente lo que Dios quiere usar para que Su gracia fluya a otros? Un mensaje imperdible.
El autoengaño es un misterioso proceso mediante el cual nos cubrimos los ojos porque no nos gusta lo que vemos en el espejo. Es incómodo enfrentar a nuestro verdadero yo y, por eso, evitamos el autoexamen, enfocándonos en otros, a quienes creemos que tienen los “verdaderos problemas”. Sin embargo, la autoevaluación es lo único que nos permite encontrarnos con la gracia de Dios. Cuando tenemos ese encuentro sincero con nosotros mismos, nos volvemos más humildes, nos liberamos del autoengaño, herimos menos a nuestros seres queridos, descansamos en la certeza de que Dios nos ama pase lo que pase y aprendemos a confiar más en Él.
Dios tiene la capacidad de tomar tus mayores errores y tus heridas más profundas, y usarlos para convertirte en Su mensajero... siempre que dejes de esconderte detrás de una máscara. Para desarrollar un verdadero apego divino, tienes que ser brutalmente honesto, como la mujer samaritana. Ella tuvo que confrontar su propia historia, su soledad y su rechazo para poder establecer una conexión real con el Señor. Sólo cuando decidas apegarte al Padre -de verdad y sin reservas- podrás sanar y recuperarte de las heridas que arrastras desde la niñez.
Alguna vez te has preguntado: “¿Cómo se escucha la voz de Dios?” La clave está en sintonizar Su voz. Dios siempre está hablando; en Su amor constante, Él nunca guarda silencio. Sin embargo, somos nosotros quienes en ocasiones no logramos escucharlo, abrumados por el ruido y a las distracciones de la vida diaria. Por eso, necesitamos volver a la quietud de Su Presencia. Es en la convivencia diaria con La Palabra de Dios donde nuestro oído espiritual se afina y nuestro corazón aprende a sintonizar y a reconocer Su voz. Su Palabra nos va a sostener en los momentos difíciles y nos revelará el camino por el cual debemos andar.
La depresión no tiene por qué aplastarnos ni dominarnos. Si estamos sumidos en la oscuridad de la desesperación o al borde del agotamiento, escuchemos con atención: puede que oigamos a Dios llamándonos con un susurro para rescatarnos del pozo; no estamos condenados a quedarnos allí. Necesitamos abrir nuestro corazón para experimentar otra vez Su Presencia y permitir que Su Palabra renueve nuestra alma cansada. Recordemos que el Señor nos ama y le fascina restaurar a quienes tienen la mente quebrantada.
Nínive es el lugar al que Dios nos llama y al que no queremos ir. Es una asignación difícil en la que el Señor tratará con nuestro carácter. Podemos ir directamente a Nínive, o podemos dejar que sea Él quien nos lleve hasta allí, pagando un precio. Recuerda que Jonás eligió ir a Tarsis y fue tragado por una ballena que lo regresó a su camino a Nínive. Nuestra rebeldía nunca hará que Dios modifique Su plan para nosotros. Él quiere ahorrarnos el precio del pasaje, el millaje extra. Procuremos entonces obedecerle de inmediato, sin reservas, para no alejarnos de Su favor ni de Su cobertura.
La doctrina externa no altera lo interno; nuevos hábitos no hacen nueva al alma. No se puede hacer de un gato un camarero. Si queremos cambiar de verdad, debemos nacer de nuevo, fortalecidos en el extraordinario amor de ‘cisne negro’ de Jesús. Dejemos de comportarnos, ante los abatares de la vida, como torpes colibríes que revolotean y chocan contra el cristal de una ventana buscando escapar, ignorando que Dios solo quiere guiarnos hacia la salida. ¡Un mensaje para atesorar!
El centro de la vida cristiana debe ser el hogar, no nuestras organizaciones religiosas ni los sistemas eclesiásticos. Sin embargo, la mayoría de los cristianos aprende sólo de los libros de la Biblia, olvidando que conocer al Jesús “del burrito”, no es conocer a Cristo. Los evangelios son apenas el punto de partida de una relación dinámica y orgánica con el Señor. Hoy necesitamos una nueva generación de cristianos que entienda que la Iglesia gira alrededor de una Persona: un Cristo vivo. ¡Él vive dentro de nosotros! Un mensaje confrontador.
Hoy en día, nuestra cultura evangélica se ha vuelto colérica e intolerante. Con frecuencia nos herimos unos a otros y, en nuestro celo desmedido, caemos en discusiones infantiles cargadas de amargura y odio hacia nuestros semejantes. La realidad es que, si no somos capaces de escuchar una idea contraria sin ofendernos, sin juzgar, y sin recurrir a etiquetas fáciles para defendernos, es porque aún somos como niños inmaduros, incapaces de tener ideas y convicciones espirituales propias. Recordemos que Dios nos ha llamado a aborrecer el pecado, pero nunca a dejar de amar al pecador.
La presencia de Dios ya no habita en un tabernáculo en el Sinaí ni en un templo en Jerusalén. En lugar de eso, Dios ha elegido morar en una famlia común, en personas tercas y fallidas; en gente como tú y como yo. Recordemos que Él prefirió escribir la misión de su evangelio sobre la arena, y por eso optó por confiar en nosotros para propagar el mensaje de las buenas nuevas. El Señor nos escogió, no por nuestra perfección, sino a pesar de nuestras limitaciones. Y cuando no tengamos todas las respuestas, cuando la duda nos alcance y las palabras no sean suficientes, bastará con decir: “No sé, sólo puedo decir que era ciego y ahora veo”.
En lugar de ser “la sal de la Tierra y la luz del mundo”, en ocasiones terminamos viviendo como en un “invernadero controlado”, movidos por el temor a contaminarnos con quienes no comparten nuestra fe. Sin darnos cuenta, nos apartamos del mundo y nos aislamos en nuestro refugio del miedo. Sin embargo, si no somos capaces de amar a todas las personas, debemos preguntarnos si en realidad hemos comprendido el evangelio de Jesús, quien no dudó en acercarse a los pecadores. Recordemos que hemos sido llamados a usar las «armas de la gracia» para tratar con amor y respeto incluso a quienes piensan distinto o se oponen a nosotros.
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Observed September 20, 2026.
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